Una garra me atenaza el pecho. No es un pinchazo. Es un dolor más lento, una lesión más profunda, un nudo que se estruja en el estómago. Es la herida de la traición, que llega sin avisar. Toma asiento a tu lado, con calma, y espera a que bajes la guardia. Y cuando lo haces, cuando te descuidas, porque errar es de humanos, no destruye lo que posees, transforma tu vínculo con la otra persona. Porque lo más cruel de la traición no es la mentira: es la verdad que había antes. Es saber que existió un momento en el que todo era puro, que esa mirada no escondía ningún secreto; que ese gesto, ese roce, esa risa eran lo que parecían. Aun así, en algún punto invisible, se inició un descenso, como un vaso que tarda lo suficiente en caer para que te dé tiempo a presagiar los añicos, pero no a detenerlo. Y por eso duele tanto, porque no tienes que aprender a odiar a un desconocido, sino reajustar la vista sobre alguien a quien ya conocías o creías conocer.

Ashton Belmont.

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