Capítulo 1 "Solo un chico más"

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Jonathan (diecisiete años)

31 de diciembre. 23:49

Lo recuerdo como si fuera hoy. Tenía la cara tan cerca del suelo que con un simple mohín habría terminado de besarlo. Pero los mohínes nunca han sido lo mío, así que en su lugar, escupí la sangre que se acumulaba en mi boca y me incorporé en un visto y no visto. No iba a perder la pelea. Por mis santos cojones. Oh, pero entonces… me comí otro puñetazo.

«Joder».

Mi concepto de «visto y no visto» no coincidía con el de mi contrincante, quedaba claro. O quizá no fui tan rápido. No debería haberme fumado un porro antes de la pelea, eso seguro.

Ahuequé la mandíbula y dejé que mi lengua recorriera el terreno, asegurándome de que todo seguía en su sitio. «Ajá. Todo bien». Sacudí la cabeza y sentí que se me desencajaban las neuronas. ¿Demasiado brío? «Joder, Jonny, que no te sobran. Controla».

Olía a sangre. A la mía, sobre todo. Escupí de nuevo, pero el regustillo había anidado en mi paladar, como un inquilino molesto. Me limpié la boca con el dorso de la muñeca y fijé la vista en el armario ropero que tenía enfrente. Otro puñetazo igual que el anterior y se me saltarían los dientes. Y ya no eran los de leche.

La multitud que nos rodeaba rompió con sus gritos la quietud del callejón en el que nos batíamos a muerte. Este apenas estaba iluminado por una prehistórica farola a punto de extinguirse. El sonido de los golpes, la música de Gonna fly now (que salía del teléfono de algún gilipollas) y la voz del árbitro eclipsaron durante un par de horas la mendicidad y la delincuencia que a diario bañaban las calles vecinas.

Vale, lo de «a muerte» quizá fuera una exageración, pero sí era cierto que uno de los dos acabaría con la cara y el cuerpo reventados, y que no había cuerdas delimitando el ring ni barreras que mantuvieran a los boxeadores dentro del área de combate. No había leyes. Ni tregua. Sí un delicioso puñado de billetes para el que se proclamara vencedor. Y ese iba a ser yo. Por eso dejé de marear la perdiz: me abalancé contra mi rival, cuyo nombre desconocía y me importaba menos que la paz en el mundo, y me dejé los nudillos en sus pómulos, hasta derribarlo.

«¿Quién besa el suelo ahora, eh?».

Me senté a horcajadas sobre sus caderas, lo inmovilicé y me incliné hacia su oído, respirando a trompicones.

—Venga, di que soy el puto amo y quizá te deje vivir para la revancha.

—Q-que te jodan —balbuceó.

Torcí los labios en una sonrisa. Me encantaba que no quisieran ahorrarse la humillación final. Le daba sentido a la vida, de alguna manera. Le asesté un último golpe en la mandíbula, seco y certero, y me puse en pie. El árbitro se agachó junto a él y arrancó tanto la cuenta atrás como el último hálito de optimismo al que se aferraba el pobre idiota que se había atrevido a desafiarme.

—¡Cinco! —Levantó la mano derecha con todos los dedos extendidos y la multitud coreó con él—. ¡Cuatro! —Cuatro dedos extendidos, y esa misma multitud se apelotonó a nuestro alrededor, excitada—. ¡Tres! ¡Dos! ¡Unooo! —El árbitro se levantó y alzó uno de mis brazos; el calor de su mano me quemó la piel, magullada—. ¡Y ya tenemos a nuestro vencedor, Jonathan Rooos!

El público, enfervorizado, prorrumpió en aplausos al tiempo que las campanas de la iglesia que quedaba a la vuelta de la esquina repiqueteaban el fin de año. Aunque más bien parecía el fin del mundo. Me acaricié con la lengua el carrillo lacerado. El aire apestaba a sudor, sangre y adrenalina. La música retumbaba en las paredes del callejón y todos se abrazaban. La ilegalidad y la euforia unen lo que no está escrito.

—¿Te veo la semana que viene? —me preguntó uno de los organizadores, y me metió la pasta en el bolsillo derecho del pantalón de chándal.

Era el segundo al mando de una de las mafias más célebres de Barcelona, un pieza de cuidado, pero buen tío siempre que no te cruzaras con él y su navaja. Ambos resultaban más letales que un cóctel molotov en una gasolinera.

—Claro —respondí—. Mientras sigamos viviendo bajo el yugo del capitalismo y haya pasta de por medio, aquí estaré. Un chico necesita comer.

Esbozó una sonrisa y me dio una palmada amistosa en la espalda.

—Buena pelea, Ros.

Le guiñé un ojo y me abrí paso a empujones entre el público, que me felicitó como si fuera el tío más valiente en cien kilómetros a la redonda. Cuánto daño ha hecho el siglo xxi.

Me alejé a buen ritmo, y me llevó dos pasos de cebra perder el eco de sus voces. Mientras recorría las calles que me conducían al centro de la ciudad, me desprendí de las vendas que me cubrían los nudillos, aún manchados de sangre, y extendí y moví en círculos los dedos. Me detuve en la primera fuente y dejé que el agua los limpiara y anestesiara.

De pronto, me vi rodeado de gente y de luces parpadeantes. De risas, de cánticos, de música y del estruendo de unos fuegos artificiales que iluminaron el cielo nocturno. Hacía un calor de la hostia para ser 31 de diciembre. El cambio climático.

Hasta que no sentí cierto alivio en las heridas no proseguí mi camino. Me detuve en un supermercado abierto las veinticuatro horas y, unos minutos más tarde, con una lata en el bolsillo, llegué al local de moda entre la flor y nata de la sociedad barcelonesa, donde trabajaba uno de mis colegas: Richi. No éramos uña y carne, pero solía sacarme un par de cubatas por la cara. Obsequio por mi grata compañía. O porque las tías —y algunos tíos— siempre han revoloteado a mi alrededor en masa. Debo de tener una cara bonita.

La cola serpenteaba hasta la siguiente manzana, pero el gorila de la puerta me reconoció y descorrió la cinta para dejarme pasar, a pesar de las protestas de la muchedumbre, de que sabía que yo era menor de edad y de que mi atuendo de gala consistía en un raído pantalón de chándal negro y una sudadera del mismo color, de un grupo de música del siglo pasado. También era colega.

—Feliz año, Jonny —me felicitó, y me dio una palmada en la espalda.

Todo el mundo me daba palmadas en la espalda. La confianza da asco.

Entré, y la música de Tiësto me envolvió en el acto, con su remix de Somebody that I used to know. Eché un vistazo al ambiente erótico-festivo, tenuemente iluminado por luces led que cambiaban de color y toscamente desbordado por globos en tonos rojos, dorados y plateados, serpentinas y confeti. Estaba saturadísimo. Saturadísimo de chicas y chicos con mucho dinero, sombreros de fiesta cutres y un par de copas de más. Con los brazos en alto, cantaban el estribillo como si no hubiera un mañana. Disfrutaban de su mutua compañía, encantados de haberse conocido, a sí mismos y a los que eran como ellos. Brindaban como si hubieran descubierto el secreto de la felicidad. Qué suerte la suya. Cogí aire. A ver lo que me costaba llegar a la barra…

Sorteé a la exaltada muchedumbre como mejor pude, sin fijarme en nadie en particular, hasta que, por azares de la trayectoria (sí, por azares de la trayectoria), mis ojos se dieron de bruces con el niño más bonito del lugar. Alto, grácil, porte encantador y sonrisa de anuncio. Si buscas la palabra «carisma» en el diccionario, lo más seguro es que aparezca su perfecto y fotogénico rostro al lado. Lo más rebelde que tenía era el pelo, rubio oscuro, que le bailaba en varias direcciones debido al festejo y el sudor. Cantaba «now you’re just somebody that I just to know» y saltaba como el que más. No elevé los ojos al cielo porque me dio mucha pereza.

El chico a su izquierda, con cara de pánfilo y pelo similar, le gritó algo al oído, por encima de la música a máximo volumen, y él se rio. Hasta que sintió el peso de mi mirada y levantó la vista. Entrecerró los ojos y me observó con curiosidad, no supe si a causa del chándal raído o de los golpes en mi cara, los cuales empezaban a adquirir un tono azulado a juego con mis ojos.

Fingí tropezar con la chica que iba con ellos, y que estaba buenísima. Melena morena por debajo de los hombros. Alta. Cuerpazo. Ojos verdes. Rasgos orientales. A ella también debió de gustarle lo que vio, porque nos comimos con los ojos durante unos largos segundos. Esbocé mi mejor sonrisa de disculpa mientras le metía la mano en el bolsillo trasero a su colega, el pánfilo. Ella me hizo un mohín cuando seguí adelante. Yo le lancé un beso. Un juego de niños.

Cuatro corrillos y otras tantas zancadas después, alcancé la barra, donde Richi preparaba una ronda de diez chupitos de tequila. Le lancé el billete que acababa de birlarle al moreno.

—Lo de siempre. Hoy pago yo.

—¡Jonny Ros! —me saludó, divertido—. ¡Feliz año nuevo! Ya pensaba que no venías.

—Me han entretenido por el camino.

—Buena pelea, por lo que veo. —Señaló el dinero con la barbilla.

—Pan comido.

Rio.

—Eres una máquina.

—Se hace lo que se puede.

Mientras me preparaba la bebida, me acodé en la barra, de espaldas a él, crucé las piernas a la altura de los tobillos y observé el panorama. Robe, el exvocalista de una de las mejores bandas de la historia, cantaba «no puedo perder nada, que vengo de la nada. No puedo caer más bajo, que vengo del fracaso». El tío había debido de inspirarse en mí para escribir la letra. O quizá solo hubiese estado igual de jodido que yo.

Advertí a otro de mis colegas al fondo a la derecha, a la entrada de los baños, vendiéndoles unos porrillos a dos rubias que parecían hermanas. Las rubias y los rubios siempre me han parecido imposibles de distinguir, como las hormigas. Observé a mi amigo con atención, buscando su mirada para saludarlo e invitarlo a una copa, pero una silueta enfundada en un vestido dorado se me plantó enfrente y me privó de la vista. Desvié los ojos, perezoso. Era la morenaza con la que había fingido tropezar. La de rasgos orientales que estaba buenísima. La amiguita del gilipollas que me estaba sufragando la bebida gracias a su buena disposición a que un desconocido le tocara el culo. La chica se mordió el labio inferior mientras me recorría de arriba abajo despacio, con descaro, lascivia y una mirada tan profunda que tuvo que verme hasta la médula ósea. Cuando sus ojos encontraron los míos, curvó los labios en una sonrisa.

—¿Qué pasa? —le pregunté—. ¿Tengo monos en la cara?

—Tienes una cara por la que muchos matarían.

Sonreí sin poder evitarlo.

—¿Matarías tú?

—Sin dudarlo. —Se acodó a mi lado en la barra, su brazo derecho pegado al mío izquierdo, a propósito, y me tendió la otra mano—. Me llamo Núria. Encantada.

Núria. Un nombre que olvidé al instante. No lo recordé hasta mucho tiempo después.

Miré hacia atrás, alcancé mi copa y le di un trago, mirando a Núria a los ojos. Ella dejó caer el brazo y sonrió de nuevo mientras a mí el alcohol me quemaba la garganta y aliviaba el apetito. Que sí, que era guapísima, pero…

—No voy a invitarte a una copa —le aclaré—, así que puedes volver con tus amigos.

Volvió a reír.

—No quiero una copa gratis.

—¿Y qué quieres?

Volví a llevarme la bebida a los labios.

—A ti, desnudo en una cama, mientras me follas taladrándome con esos ojazos azules que cortan la respiración.

Lo de ir al grano los pijos lo llevan a otro nivel. Eso sí, no me quedó claro si quería que la follara con la polla o con los ojos.

Richi, que seguía sirviendo cócteles detrás de nosotros, se atragantó. Yo no. Hace falta mucho más que una proposición indecente para que se me atasque algo en la garganta. Pero arqueé una ceja, malherida y todo. Ay. Dolió un poco.

—No me mires así —continuó ella—, seguro que recibes ofertas por el estilo a diario.

—A diario, sí —respondí, sardónico. No te jode…

—Estoy dispuesta a pagarte.

—¿Tengo cara de puto? —me indigné.

Que no es que me quedara mucha dignidad, pero prostituirme era lo que me faltaba. Ya tenía las puertas del infierno abiertas de par en par, lo último que necesitaba era lanzarme de cabeza a los brazos del puto Lucifer. No, gracias.

—Ya te he dicho de lo que tienes cara. Y por cierto…, no estaríamos solos.

Eso captó mi atención. Porque si me estaba proponiendo un trío con alguna de sus amigas, la respuesta era: SÍ. La respuesta a una invitación para hacer un trío siempre era sí. Que yo tenía diecisiete años e iba de adrenalina y hormonas hasta el pico. Y además, nunca sabías cuándo iba a volver a presentarse la oportunidad. Hasta entonces, lo más cerca que había estado de hacer uno había sido un año atrás, cuando compartí cuatro besos libidinosos con dos chicas en la misma pared de un callejón. Épico.

Seguí su mirada hacia el centro de la pista en busca de la tercera pata, que ojalá estuviera tan buena como ella, pero una vez más, unos cuerpos me privaron de la vista. Eran el rubio de pelo rebelde y el amigo pagafantas, que se acercaban a nosotros sin dejar de reír ni de juguetear como solo saben hacerlo un par de universitarios que se han pasado con el alcohol. El pagafantas rodeaba el cuello del rubio con un brazo mientras con el otro intentaba alborotarle el pelo —ya alborotado de por sí—, como si fuera la cruzada de su vida, hasta que una pelirroja se le puso a tiro y perdió el interés. No era la cruzada de su vida, estaba claro. Con cara de gilipollas, fue tras la chica. Entonces sí, elevé los ojos al cielo.

El rubio levantó la mirada y me vio.

—¿Él? —exclamó, señalándome con el dedo índice—. ¡Ni de coña!

¿Perdona? Primero me sentí insultado y luego até cabos. Giré la cabeza y miré a su amiga. Que quizá no era su amiga. Quizá era su novia y el trío que me estaba proponiendo era con el rubiales.

—¿Él? —repetí.

—Él —afirmó ella, con una sonrisa triunfante.

—¿Tengo pinta de que me gusten los rubios?

—Tienes pinta de muchas cosas, y una de ellas es ser menor de edad —dijo el rubio, que había llegado a nuestra altura, y me señaló de nuevo con el índice.

—Mira quién habla —respondí. Le bajé el dedito de los huevos. Sentí un chispazo y fruncí el ceño, molesto. Maldita electricidad estática.

—Tengo veinte —me aseguró, y sacudió la mano, supuse que para aplacar el calambre—. ¿Le has pedido el carné de identidad? —le preguntó a su novia.

—Dos veces —respondí yo—. Junto con el pliego de mis servicios. Hago de todo menos chupar pollas de rubios.

—¿Culos de rubios, sí chupas?

Chasqueé la lengua. Imbécil. Me disgustó desde el principio, aunque admito que ahí estuve a punto de amagar una sonrisa. A ver, no súper a punto. Solo un poco a punto.

—No servimos alcohol a menores de edad —intervino Richi, todo solemne, señalando con la barbilla, y en ese orden, mi copa, a mí y el enorme cartel que colgaba de una de las paredes, con la prohibición escrita en negrita y mayúsculas—. Así que mucho ojo con las acusaciones. Podrías meterme en un lío, tío.

Yo no sé cómo reprimí la carcajada. Joder, no sé ni cómo la reprimió Richi. Habíamos jugado unas cuantas veces al póker, pero no éramos tan buenos.

—No tendrías que chupar ninguna polla —me aseguró entonces Núria—. Si no te apetece…

—Oh —reí—, ya entiendo. Quieres que folle contigo delante de tu novio. Tenéis las necesidades básicas cubiertas y salís cada noche a la calle en busca de nuevas y excitantes aventuras.

—Más o menos —dijo ella.

—Yo paso —dijo él—. Esta aventura es demasiado excitante para mí.

—Blake…

—¡¿Blake?! —Solté una carcajada—. No pienso follar con un Blake. Ni por todo el oro del mundo.

«¿Quién coño se llama Blake en este país? De locos».

Blake se acercó a mí e inclinó la cabeza. Era más alto que yo. Apenas unos milímetros. «Once centímetros, para ser exactos. Lo que equivale a ciento diez milímetros». «Oh, cállate, siguen siendo milímetros».

Nos mantuvimos la mirada y descubrí que tenía los ojos de color azul oscuro. Me dio un buen repaso, de arriba abajo, como su novia unos minutos antes, pero con tal descaro que me entraron ganas de devolverle el favor. O de partirle la nariz. O ambas. Me llevé la copa a los labios y me estiré para que tuviera la mejor panorámica.

Recuerdo la ropa que llevaba. Camiseta azul marino con una gruesa raya blanca a la altura del pecho; pantalones vaqueros ajustados en la zona del muslo, que se ensanchaban desde las rodillas hasta los pies, y zapatillas blancas de marca, de esas que sirven para todo menos para caminar.

—Déjame pensar —me dijo él, llevándose el dedo a la barbilla. En la muñeca lucía un reloj de oro amarillo que me llamó la atención—. Barriobajero, propenso a las peleas, prepotente, chándal y lenguaje mediocre. ¿Jonathan?

Escupí la mitad de la bebida mientras el resto se me iba por el otro lado. Tosí sin poder evitarlo y lo miré con ojos medio divertidos, medio fuera de sus órbitas. Para que luego digan que los estereotipos no existen… Él ladeó una sonrisa, pagadísimo de sí mismo.

—¿He acertado? —me preguntó, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Ni de lejos —respondí, de la misma manera.

—Ya. ¿Sabes una cosa, Jonathan? No podrías follar con un Blake ni por todo el oro del mundo.

Aunque no entraba en mis planes a corto o medio plazo, y mucho menos con un niñato que me miraba por encima del hombro y se creía el rey del mundo, soy incapaz de resistirme a un desafío, y Blake me estaba tocando las pelotas —no en el buen sentido—, así que, por primera vez en el transcurso de la velada, me lo planteé. Me lo planteé de verdad. Las pollas no me daban miedo. Manejaba la mía de puta madre, de modo que no creí que supusiera el reto de mi vida encontrarme frente a la suya. Y le daría una lección. Quizá incluso podría enseñarle un par de trucos.

—Mil pavos —decidí.

Bufó y rio al mismo tiempo.

—No tienes mil pavos.

¡Qué gilipollas!

—Son los que vas a pagarme tú por follarme a tu novia, taladrándola con estos ojazos azules que cortan la respiración.

Me miró de nuevo. Mi nombre lo adivinó enseguida (de pura chiripa, tengo que decir), pero el color de mis ojos le había pasado desapercibido.

—No se me ha cortado la respiración —dijo, envalentonado, con otra de esas sonrisas de anuncio.

—Solo funciona si me saco la polla.

Giró la cabeza hacia su novia y me señaló.

—No estoy lo bastante borracho.

—Eso tiene solución. —Núria llamó la atención de Richi, que no nos quitaba la vista de encima—. Tres chupitos de tequila, por favor.

Le hice un gesto a Richi para que sirviera las bebidas y él alcanzó tres vasos de una de las baldas bajo la barra. Nos los puso enfrente, en línea, y los llenó con el contenido transparente de una de sus mejores botellas, sin dejar de mirarme a los ojos. Blake se llevó el suyo a los labios antes de que a mí me diera tiempo a coger el mío.

—Otro —le pidió a Richi tras devolver el vaso a la barra, con estrépito.

Mi colega le sirvió otro y Blake, de nuevo, se lo bebió de un trago.

—Al final no se te va a levantar… —insinué.

—Vamos a comprobarlo, Ojos Azules Que Cortan La Respiración —respondió, y emprendió el camino hacia la salida.

Núria fue detrás y yo… yo miré a Richi. Mi vida era de todo menos aburrida.

—Eres mi ídolo, tío —me dijo, y sacudió la cabeza, sonriente.

Me acabé la copa de un trago, cogí aire y los seguí.

Me pregunté en qué momento había aceptado follar con ellos.

Supongo que las hormonas adolescentes y la adrenalina son una mala combinación.

Malísima. Te hace cometer locuras.

35 respuestas

  1. Hola!! No tienes calle para correr después de un capítulo así y dejarnos esperando hasta el 17 de febrero!!
    Firmado; Anónimo
    😁😁😁😁

  2. Un primer encuentro en el que la tensión y las chispas saltan por los aires como fuegos artificiales
    Jonathan y Blake una combinación excitante a la par que emocionante y dos machos alfas apunto de recorrer un largo camino

  3. ¡LO SABÍA!
    Estos 2 estaban liados mucho antes del libro de Benji y Cannon.
    (1er LO SABÍA, de la lectura)
    Estoy segura que habrá más de estos y más escenas que me van a dejar así 🤯

  4. Pero qué me estás contandooooooooo??? Creo que no ha sido buena idea leer el capítulo. Si antes estaba impaciente por el día en que pueda tener el libro en mi poder, ahora ya….. MUERO DE IMPACIENCIA!!!
    Te voy a pasar la factura de la manicura porque por tu culpa me voy a quedar sin uñas!!!!
    Madre mía qué inicioooooooo!!!!

  5. Me lo estoy releyéndo varias veces, porque como bien sabes, en la primera siempre te saltas datos importantes.

    Por favor, dime que ese reloj de oro amarillo se lo lleva Jon destrangis, después de ese trío, y que Blake lo da por perdido (robado…), y que la siguiente vez que se lían o en algún momento del 3r libro lo encuentra de nuevo mientras palpa a ciegas en el cajón de la mesita de noche de Jon buscando condones/lubricante…

    Empiezo a pensar, aunque ya no recuerdo si antes también lo pensaba y lo puse en alguna de tus encuestas, que Jon es el primero en darse cuenta de que se enamora… después de este primer capítulo y leer su perspectiva y pensamientos de Blake antes de conocerlo… hmmm

    Visualizo la frase: no puedo creer que me haya enamorado de este gilipollas (claro que esto aplica a ambos…)

    Queda demasiado hasta el 17……… adelanta la fecha va jajaja

  6. Mira que no quería leerlo porque sabía que me iba a pasar lo mismo que con el calendario de adviento ésto es un sin vivir, nos das un caramelito y de repente desaparece, que ganas de leer el libro entero de una vez 😁🥰

  7. Eres experta en crear tensión y en hacernos sufrir, Susanna.
    Me prometí que no iba a leer nada hasta que el libro saliera… y ahora me toca vivir con los dientes largos hasta el día de lanzamiento del libro 🫣
    P.D: Me encanta que Robe tenga aquí un recuerdo por escrito… ¡Quién nos lo iba a decir hace unos meses! 🐋

  8. Susanna:
    !No dejes nunca de escribir!
    Te superas cada vez q publicas algo.
    Espero con ganas este libro y todo lo que venga después.
    ¡Por muchos años años más!

  9. No quería leerlo porque sabía que me ibas a dejar con ganas de más, pero caí.. no puedes colgar una storie diciendo, «para los que habéis leído el capi 1 de Solo un chico más» porque incitas y yo me quería reservar a leerlo del tirón, pero no, y ahora quiero más… así que voy a empezar hoy con Cani y Benji hasta que lleguen Blakonny (creo que lo pongo bien).

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