Relato CAR: un partido de hockey sobre hielo
Hay peces que pueden dormir hasta doce horas si hay suficiente oscuridad
Arturo
28 de febrero. En la actualidad (diez años después de dejar el CAR)
¡Ostras, ya son las cinco y media de la tarde! Me ato los cordones de las zapatillas, cojo el primer plumífero que pillo, que resulta ser de Chris, y bajo las escaleras a todo correr, de dos en dos, sin matarme en el intento. Abro la puerta de la calle y me escabullo justo en el instante en el que el Q7 negro metalizado de Louis cruza la verja de entrada. Uff, por los pelos. Y qué frío hace, ¿no? Brrr. Louis se detiene antes de llegar a la cochera y yo me acerco más feliz que una perdiz a recibirlos, pero solo se baja Louis. Ni rastro del cumpleañero y dueño de mis sueños más bonitos. Frunzo el ceño. He hablado con él hace apenas una hora, poco después de que aterrizara en el aeropuerto de Zúrich, e iba dentro de ese coche.
—¿Y Chris? —le pregunto a Louis.
—Compruébalo tú mismo —responde, y me señala el coche con la barbilla.
Acorto la distancia hasta la puerta del copiloto en un par de zancadas y acerco la cara a la ventana hasta que me doy con el cristal en la nariz. Oh. Se ha quedado dormido. Superdormido. Debe de estar agotado después del pedazo de partido que ha jugado esta mañana. Qué bonito es. Mierda, ¿cómo puede ser tan bonito y tener esa cara cuando duerme de no haber roto un plato? Solo le falta hacer el mohín para que me derrita del todo. Acaricio el cristal y sonrío sin poder evitarlo. Y supongo que permanezco más tiempo del políticamente correcto observándolo con esta sonrisa tonta en los labios porque Louis carraspea. Me incorporo y me lanza las llaves del coche, que las cojo al vuelo.
—Yo me ocupo de todo por aquí. Vosotros solo disfrutad —me dice antes de que tenga la oportunidad de abrir la boca—. Ah, y dile al amor de tu vida cuando se despierte que es de muy mala educación quedarse dormido mientras su padre le habla de los nuevos miembros del Consejo de Administración de la empresa familiar.
Sonrío.
—Hecho.
Rodeo el coche hasta llegar a la puerta del conductor, tomo asiento, tapo a Chris con el plumífero, le reclino con cuidado el asiento casi hasta el tope, me pongo el cinturón y arranco sin demora. Es ahora o nunca. Doy la vuelta, despacio, y me incorporo a la carretera. Solo tenemos por delante media hora de viaje, así que espero que sea suficiente para que Chris descanse. Enciendo la radio, busco mi emisora favorita y bajo el volumen para no despertarlo. Cojo aire. Todo el coche huele a Chris.
Conduzco concentrado en la carretera, pero reconozco que aprovecho los atascos y los semáforos para observarlo a placer. Tiene la cabeza apoyada el cristal, los brazos (invaluables brazos) cruzados en el regazo, la boca cerrada y le cae un mechón de pelo en la frente. Y lleva la sudadera azul que tanto me gusta, la que le resalta los ojos y hace que quiera comérmelo entero. Apoyo la mano en uno de sus muslos, lo acaricio y conduzco con la otra mano cuando el tráfico me lo permite. La carretera hacia Lucerna desde el lago es un tanto caótica a estas horas. De pronto, comienza a nevar. Es una nieve suave, tímida y mágica que mantendrá de momento las montañas que nos rodean y los tejados a dos aguas de las casas de color blanco. Mañana Chris va a levantarse a las cinco de la mañana para ir a esquiar al Titlis, por muy cansado que esté y por mucho que se alargue la fiesta que le tenemos preparada para luego. Solo… lo sé. Y yo voy a ir con él. Vamos a tomarnos una taza de chocolate caliente en la cafetería de la cima con las mejillas sonrojadas y los ojos cargados de felicidad. Qué sencilla es a veces la felicidad, ¿verdad? Él y yo enfundados en un montón de capas de ropa calentándonos las manos con un chocolate caliente y los corazones con sonrisas mientras nos comemos con los ojos y hablamos de todo y nada.
Cuando llegamos al aparcamiento, Chris sigue dormido, así que me inclino hacia su asiento y me medio tumbo encima de él con las manos apoyadas en el asiento a ambos lados de su cabeza, aproximo mi rostro al suyo, le soplo con suavidad en la oreja y le doy un beso en los labios. Abre los ojos con pereza, pero cuando me ve se le ilumina la mirada (dentro de lo que cabe porque está superdormido) y sonríe.
—Hola, señor Lacoste —le digo en voz baja.
—Hola —susurra de vuelta, aún adormilado.
—¿Ha dormido bien?
—¿Me he quedado dormido?
—Como un tronco. Y su padre le estaba hablando de unos cambios importantes en el Consejo de Administración. ¿Le parece bonito?
Chris se queda pensativo y frunce el ceño. Levanta la vista y enseguida reconoce el entorno que se ve tras las ventanas.
—¿Cómo hemos llegado aquí?
—Verá… —le paso la yema del dedo por una de sus cejas—, tengo que decirle algo importante.
—¿Qué?
—Ha sido usted secuestrado.
—¿Por quién? —pregunta, fingiendo preocupación.
—Por mí. Lo he visto con esa sudadera y no he podido resistirme. Y el pelo rubio. Joder, el pelo rubio me pierde.
Ahoga una sonrisa.
—¿Y qué va a hacerme? ¿Va a aprovecharse de mí?
—Oh, qué mono. Da usted por hecho que no me he aprovechado ya, mientras dormía como un tronco…
—Oh, —mueve las caderas con sensualidad—, ¿por eso me he despertado empalmado?
Aprieto los labios y le revuelvo el pelo.
—¿No es usted un hombre casado, señor Lacoste? —le recrimino.
—Ya lo creo. Felizmente casado con un chico que me trae loco desde que posé los ojos en él por primera vez en una pista de tenis. Solía jugar, ¿sabes?, pero era un poco malillo. Ahora es biólogo marino y padre de mis hijos.
Me recrearía en lo de «felizmente casado», pero…
—¿Un poco malillo?
—La verdad es que no daba pie con bola. Por eso lo dejó.
—Sí, ¿eh?
—Ajá. Y solo para que conste, tienes mi permiso para hacerme todo lo que quieras mientras estoy dormido como un tronco. —Me guiña un ojo, en plan sensual.
—Lo sé. Y hablando de dormir, ¿sabías que hay peces que pueden dormir hasta doce horas si hay suficiente oscuridad?
Sonríe, niega con la cabeza y me coge de la nuca.
—Acabas de tutearme, señor secuestrador.
Ouch.
—Mierda. Se me ha escapad…
Chris acerca su boca a la mía y me calla con un beso, metiéndome la lengua hasta la garganta sin preliminares. Mmmm. Gimo de puro placer. Me dejo caer encima de su cuerpo y me olvido de que estamos en medio de un aparcamiento público en hora punta, pero…
—Me estoy clavando la polla en la palanca.
Chris suelta una carcajada y rompe el beso. Me incorporo y compruebo la hora.
—Tenemos que entrar ya. Es un poco tarde.
Cojo el plumífero de su regazo y comienzo a ponérmelo antes de salir.
—Y hablando de que eres el padre de mis hijos… —me dice Chris mientras se arrodilla y busca el suyo en los asientos de atrás. Me planta el culo delante y no puedo evitar darle un azote. ¿Quién podría?—, ¿dónde están?
Oh, nuestros hijos. Nicolas y Olivier. No voy a decir que esté siendo fácil, no voy a decir que es como hacer esnórquel en el Mediterráneo y no voy a decir que no estamos acojonados de que dos vidas dependan de nosotros. Llevamos desde hace casi un año (desde el treinta de marzo, día en que nacieron) durmiendo una media de cuatro horas diarias y sumidos en una carrera desenfrenada hacia la locura. Chris no ha parado el tenis, por decisión mutua (aunque sí se ha vuelto obsesivamente selectivo con los partidos que juega) y yo vuelvo al trabajo en un par de meses. Pero ellos dos son lo más bonito que nos ha pasado en la vida, después de conocernos. Jamás pensé que podría quererse tanto a alguien, y eso que moriría por Chris. Nicolas tiene el sonido de la risa más bonito
del mundo y Olivier está obsesionado con las ballenas. ¿Qué más puedo pedir? Dormir está sobrevalorado. Y comer a la hora. Y ver una película del tirón. Y hacer el amor lentamente…
—Con su tío Andrés —respondo con naturalidad. No me importa que sepa que Andrés ha venido a Lucerna por su cumpleaños si eso hace que no sospeche del resto.
Chris bufa…
—¿Ya está aquí? ¿Cómo puede ser que pase tanto tiempo con ellos si vivimos en diferentes países? ¿Adónde tenemos que mudarnos para no verle el careto?
… y yo me río sin poder evitarlo.
—Nos encontraría allá a donde fuéramos. Cosas de gemelos.
Chris bufa de nuevo y yo salgo del coche y me pongo el gorro de lana que había en el bolsillo del plumífero. No ha dejado de nevar y el suelo del aparcamiento comienza a cubrirse de nieve. En el horizonte, tras el estadio, despunta el atardecer. Chris sale del coche y voy a su encuentro. Lo cojo de la mano y corremos juntos hacia la entrada del estadio. Hoy toca partido de hockey sobre hielo. Los locales de Lucerna juegan contra el equipo del CAR, más conocidos como los «gatitos de Julián», y nunca nos lo perdemos si nos pilla en la ciudad.
Entramos y nos dirigimos a nuestros asientos en la primera fila, justo al lado del banquillo de los jugadores, sin quitarnos la ropa de abrigo. Aquí dentro se supone que hace un frío que pela, y mucho más tan cerca del hielo, pero la arrolladora emoción que se desata en el ambiente es tan eléctrica y llena de anticipación que apenas se nota. Los aficionados llenan las gradas y animan a ambos equipos entre charla y charla, aunque los favoritos son los Lobos de Lucerna, claro. La música animada de Queen, I was born to love you, suena a todo volumen mientras que los anuncios y las presentaciones de los jugadores en el videomarcador aumentan aún más la emoción, si cabe. En la pista, los jugadores realizan ejercicios de calentamiento y el sonido de los patines sobre el hielo y del choque de los palos hacen que me vibre el pecho de energía. Me encanta el deporte. Más incluso que algunas especies de peces. Y me encanta ver jugar a los gatitos, que ya no son tan gatitos. Reconozco a Benji y Elliot en el hielo. ¿Cuándo han crecido tanto? ¿Qué les da Julián de comer? Están altísimos. Verlos me empuja al pasado, a la Costa Brava, a las instalaciones del CAR, a la bolera, a la pizzería y al bar de siempre, y me sacan una sonrisa cargada de nostalgia.
Chris da un golpe al cristal que nos separa del banquillo del equipo del CAR y Patrick se gira al instante. Patrick es el entrenador físico de los chicos y suele acudir a casi todos sus partidos, tanto en casa como fuera de casa. A su lado está Julián, el entrenador más joven de la historia de los deportes, trajeado (como dicta el protocolo) y con la vista perdida en su tableta, pero levanta la cabeza al escuchar el golpe de Chris y sonríe al vernos. Es admirable lo que ha conseguido con los chicos, tanto a nivel personal como deportivo. Tenía dieciocho años cuando empezó con ellos. Dieciocho añitos y un peso sobre los hombros que ningún chaval de esa edad debería soportar. Solo era un niño más. Un niño cuidando de otros niños. Tuvo que crecer muy rápido, de la noche a la mañana. Han pasado diez años, cargados de sangre, sudor y lágrimas, pero aquí están, dentro de la LEH, la liga de hockey sobre hielo más importante a este lado del mundo. Se me hincha el pecho de orgullo. Patrick señala el reloj de su muñeca y yo me encojo de hombros. Entonces me hace la señal y yo me preparo emocionalmente para lo que viene. Unos segundos después, las cuatro pantallas gigantes del videomarcador se cargan con una imagen de Chris lanzando una pelota de tenis al aire y unas letras gigantes que rezan: «Happy birthday, Chris Lacoste». Comienza a sonar a todo volumen la canción de Cumpleaños feliz de Parchís mientras en las pantallas se suceden fotografías de la vida de Chris, desde que era un bebé hasta hoy. Chris me mira con los ojos como platos y yo me encojo de nuevo de hombros como si no supiera de qué va el asunto. Y vaya si lo sé.
El público se vuelca al instante, palmean y vitorean al ritmo de la música a pesar de que no entienden ni papa de la letra, pero es que Chris no es solo el mejor jugador de tenis del mundo (y no lo digo yo, sino la lista ATP), también es un lugareño más de Lucerna y aquí lo adoran. Los cientos de flases de las cámaras de los teléfonos comienzan a envolvernos.
En el hielo, Jonathan Ros, el capitán de los «gatitos», estira ambos brazos y se inclina hasta formar una L invertida con su cuerpo. Elliot y Benji se colocan cada uno a un lado, Elliot lanza el puck al aire, imitando la típica postura de Chris cuando lanza la pelota, lo recoge con la hoja cuando cae y se lo lanza a Benji, que también lo recoge con la hoja y se lo devuelve. Están jugando al tenis en honor a Chris, patinando arriba y abajo como si fuera lo más sencillo del mucho. Supongo que para ellos lo es. Jonathan mueve las caderas al ritmo de Parchís, Chris ríe, a mí se me empañan los ojos de lágrimas de pura emoción y el público enloquece.
El resto de los jugadores aplauden al ritmo de la música también, y del público. Julián niega con la cabeza, sin dejar de observar a sus chicos en el hielo, pero también sonríe. Elliot comienza a darle vueltas al stick con una mano durante los pocos segundos mientras Benji le devuelve el puck, lo recoge una vez más con la hoja, lanza y… ¡punto! Entonces corren el uno hacia el otro, Benji salta por encima del cuerpo de su capitán, como si este fuera un potro, y se sube de un salto a las caderas de Elliot. Se dan un beso en la boca, con cascos y todo pero sin lengua, y la gente en las gradas se vuelve loca. Gritan y dan patadas al suelo. ¡Nos están imitando! Chris suelta una carcajada y yo río con él mientras me limpio las lágrimas de risa y emoción. También nos cogemos de la mano. Jonathan, de otro salto, se sube a la espalda de Benji y caen los tres al hielo. Sus compañeros patinan a su alrededor, animándolos con los sticks en alto, los jugadores del equipo contrario no pueden disimular las sonrisas y Julián se lleva los dedos a los lagrimales sin dejar de negar con la cabeza. Mañana van a ser noticia mundial. La música cesa y…
—¡Poneos a la cola los que queráis besarme! —grita Elliot con los brazos en alto cuando se levanta, y entonces señala a sus rivales—. ¡No os embaléis! A vosotros solo os dejo que me beséis el culo.
—¡Cállate, Elliot! —le grita Julián desde el banquillo.
—Felicidades, Lacoste —suena entonces por los altavoces, en inglés—. Te deseamos lo mejor para este día y… ¡partidazo el de esta mañana!
—Lo tenías todo planeado, ¿verdad? —me pregunta Chris.
—Un poco.
Tomamos asiento. Los flases de las cámaras no dejan de rodearnos y la cámara del beso se activa en las pantallas gigantes y nos enfocan a Chris a mí. No le doy tiempo ni a que se lo piense. Lo cojo de la nuca y le beso en la boca. Y ahora soy yo quien le mete la lengua hasta la garganta, ávido de su contacto y sabor. El público enloquece más que nunca. Se ponen en pie, vitorean y aplauden con más fuerza de la normal. Chris profundiza el beso y me inclina hacia abajo, medio tumbándose encima de mí. Nos besamos y reímos al mismo tiempo.
—¡Buscaos un hotel! —nos grita Patrick.
Cuando nos separamos, me incorporo en el asiento y miro hacia el videomarcador. Veo nuestras caras en directo y… ostras, son la pura imagen de la felicidad. Entonces a Chris le suena el teléfono y lo mira por encima, por si es importante (algo que hacemos siempre desde que somos padres), y debe de serlo porque lee lo que sea que le acaba de llegar. Bufa y me lo enseña. Es un mensaje de Andrés. Un mensaje con un vídeo del beso que acabamos de darnos y una frase: «Te veo la lengua mucho más de lo que me gustaría. Y uno de tus hijos acaba de llamarme, clarísimamente, ‘tío’. Jódete, Lacoste. Buajaja».
—¿Cómo coño ha conseguido el vídeo tan rápido?
Ambos miramos a Patrick, que nos guiña un ojo. Traidor.
—Y no ha dicho «tío» ni de coña —añade Chris—. No antes que «papá».
—Claro que no —le aseguro, sin demasiada convicción.
Chris bufa por enésima vez y yo suelto una carcajada. El partido comienza poco después y es todo un ESPECTÁCULO. Es hockey del bueno. Bonito pero un poco sucio. Y Elliot y Jon solo pasan en una ocasión por el banquillo de sancionados. Oh, no, espera. Dos. Elliot pasa dos veces por el banquillo de sancionados. Esta segunda vez, por discutir con uno de los árbitros porque no ha pitado no sé qué jugada. Y sigue discutiendo con él de camino al banquillo.
—¡Cállate, Elliot, joder! —le grita Julián, pero el otro sigue, pico y pala.
Siempre ha sido muy bocazas. Es como una caballa a rayas cuando abre la boca, cavernosa, mientras nada y tamiza el plancton con sus rastrillos branquiales a modo de red. Creo que Elliot no puede evitarlo. Como las caballas.
Más tarde, a falta de un par de minutos para que acabe el partido, Jonathan mete el gol de gracia que les asegura la victoria. Y es un gol precioso, gracias a una asistencia preciosa de Benji. La compenetración de estos chicos es admirable. Jonathan vuela hacia sus dos amigos y los tres se elevan en el aire y se funden en un abrazo. El cuerpo técnico del equipo lo celebra en el banquillo y las gradas se llenan de aplausos, a pesar de que su equipo ha perdido. Ha sido un gran partido.
Los jugadores regresan a los vestuarios y Patrick nos indica que nos encontremos allí con él. Cuando llegamos, la celebración está en su máximo apogeo. Hay patines tirados por todas partes y los jugadores, a medio vestir, cantan y bailan. Elliot y Jonathan subidos en un banco animan el cotarro. Gritan al vernos y empujan a Chris para que se les una, que lo hace encantado. Yo cruzo unas palmadas en la espalda y unas palabras de felicitación con Patrick y Julián sin dejar de observarlo. Es mi marido. Chris Lacoste es mi marido. Mío. Para siempre. Qué locura.
—Vamos cuando queráis —me dice Patrick poco después, y se dirige a Julián—. Pásate cuando termines aquí —le invita.
Julián observa a sus queridos jugadores dándolo todo y duda. Yo también lo haría. No sé si los dejaría solos, la verdad…
—Tráetelos —le ofrezco—. A los más peligrosos, al menos.
—Me lo pensaré —nos dice.
Nos despedimos de todos y abandonamos el recinto. Oh, ha dejado de nevar. Patrick ve el asiento del copiloto casi reclinado del todo al llegar al coche y levanta los brazos.
—No quiero saberlo —nos dice, y toma asiento detrás del piloto.
De camino al volante, mando un mensaje rápido a Andrés sin que Chris me vea.
Arturo:
De camino.
Andrés:
- Preparados para la llegada de su majestad el príncipe.
Río y arranco. Chris pone el asiento del copiloto en su posición normal y me da un beso espontáneo en la mejilla que hace que me sonroje y todo.
—¿Y eso?
—Porque quiero.
—En serio, buscaos un hotel —gruñe Patrick.
Media hora más tarde llegamos a casa. Son casi las diez de la noche y apenas se oye un ruido, pero las luces del salón y la cocina están encendidas. Entramos y vamos directos al salón, donde están todos. Todos. Mis padres. Mis hermanos. Nicki. Los padres de Patrick. Claire. Lucie. Louis. Y nuestros hijos, por supuesto, enfundados en sus pijamas de delfines. La estancia está llena de globos y en la mesa hay una tarta gigante de chocolate rodeada de la vajilla favorita de Claire. Es de porcelana blanca con pelotas de tenis doradas. En la tarta hay una vela con el número treinta y cuatro, los años que cumple Chris. Lucie es la primera en vernos y venir corriendo. Adora a Chris. Lo adora más que a nada en el mundo. Más que a una caja de cien rotuladores de colores, y es una niña de nueve años y medio que quiere ser pintora cuando sea mayor. Se funden en un abrazo y yo observo la cara de Chris. Otra vez le brillan los ojos. Quiere a su hermana con locura. Mis padres son los segundos en acercarse. Y Nicolas, el tercero, que viene gateando a toda pastilla con el chupete en la boca. Chris lo coge en brazos, lo llena de besos y a mí el corazón se me hincha de amor y la nariz de su olor a bebé y hogar. Olivier, en brazos de Andrés, comienza a agitarse y a balbucear «yo también quiero ir con papá» en su idioma de bebé. Andrés se acerca y se lo pasa a Chris.
—Cuéntale a tu padre cómo me has llamado tío, cariño.
Olivier ríe como un loco.
—Que te den pomada, Claramunt.
—¿Que te den pomada? —repite mi hermano muerto de la risa.
Chris está a punto de soltarle una barbaridad en francés, se lo veo, pero como los niños también entienden francés, muere en su lengua antes de que el sonido salga de sus labios. Entonces acerca la boca al oído de mi hermano y no sé qué le susurra, pero Andrés vuelve a reír a carcajadas y se va a comer algo. Nicki, mi hermana y los padres de Patrick también se acercan a felicitar al cumpleañero y comienzan a hablar del partido de Chris de esta mañana, a lo que nuestros padres se unen, claro. Claire nos ofrece unas copas de mi champán favorito y me bebo un par sin apenas darme cuenta mientras Chris abre los regalos y pasan las horas. Y no sé en qué momento el centro de la conversación gira en torno a mi borrachera épica en el CAR, esa en la que se presentó Chris en pantalones de tenis y la promesa de un helado de chocolate, pero la música de Alaska y Dinarama empieza a sonar y yo me dejo llevar, como siempre. Me encanta esta canción. Me acerco a Olivier, en brazos de Nicki, antes de que canten eso de «la gente me señala, me apuntan con el dedo».
—¿Me concedes este baile? —le pregunto a mi hijo.
Y él viene encantado de la vida. Me rodea el cuello con lis brazos, pero yo le cojo una mano con la mía izquierda. Camino hacia el centro del salón y comienzo a cantar y a bailar con él en brazos. Giro por aquí, giro por allá y escucho risas por todas partes. Chris no tarda ni dos estrofas en unirse a nosotros con Nicolas en brazos. Los niños ríen a carcajadas y piden más y más vueltas. Y no quiero ponerme en plan científico, no quiero hablar de la conexión sináptica entre las neuronas, pero es una realidad que cuando estas se enlazan, se forman los recuerdos. Y yo sé que es lo que está pasando ahora mismo dentro de mi cerebro. Y que este va a ser un recuerdo que no voy a olvidar jamás. Entonces suena el timbre de casa y segundos después Julián con tres de sus gatitos se unen a la fiesta. Debe de estar cayendo una buena nevada fuera, porque vienen con las mejillas sonrosadas y la ropa llena de copos. La facilidad con la que el trío calavera se mezcla entre los miembros de mi familia sin apenas conocer a la mayoría es fascinante a la par que preocupante. Acaban rodeando a Nicki, contándole confidencias al oído con un trozo de tarta cada uno en la mano, y lo siguiente que sé es que uno de mis hijos se ha enamorado de Elliot Schmidheiny, que lo coge en brazos y baila con él tres canciones seguidas. No sé qué nos pasa en esta familia con los rubios, pero queda claro que nos resultan irresistibles. Julián y Olivier se les unen en la última canción. Sonrío. No es fácil ver a Julián Alcalá feliz y relajado. Pero no imposible, por lo que veo.
—¡Todos al sofá! —grita mi hermana—. Quiero sacar una foto.
Mientras ella prepara la cámara, nos apretujamos en el sofá, que es grande, pero somos un montón. Mis padres se sientan en una esquina y los de Patrick en la otra. Andrés y Nicki a su lado con Olivier encima de ambos, pierna izquierda de mi hermano y derecha de Nicki. Louis y Claire al lado de mis padres y Chris y yo en medio. Chris con Lucie en su regazo y yo con Nicolas. Julián y sus gatitos se sientan a nuestros pies y Patrick espera a que mi hermana active la cuenta atrás para cogerla de la mano y sentarse juntos en el reposabrazos del sofá, al lado de mis padres. Miro a Chris, sonrío, él me mira, sonríe, le doy un beso en la cabeza a nuestro hijo y… Clic.
***
Horas más tarde, reina el silencio. Estoy en nuestra habitación a punto de quedarme dormido, pero me resisto y me acerco a la habitación de los niños a ver cómo lo lleva Chris; hoy quería acostarlos él. Nos vamos turnando. O lo hacemos ambos. Depende de la noche. Me asomo y me quedo sin aire en los pulmones. Tiene a Olivier dormido en su pecho desnudo y está a punto de meterlo en la cuna. Me apoyo en la jamba y cruzo los brazos en el pecho, embobado. No quiero que pase este momento. No quiero que transcurran los segundos. Esta es una de las estampas más bonitas que existen sobre la faz de la tierra. Es lo que le da sentido a mi vida.
Chris acuesta al niño, se vuelve y me ve.
—Hola —susurra.
—Eres un DILF.
—¿Un qué?
—Un papá muy follable.
Sin decir nada más, lo cojo de la mano y lo llevo a nuestra habitación. Cierro la puerta y lo empotro contra ella al mismo tiempo que le como la boca. Chris me devuelve el beso y me lleva a la cama. Se tumba encima de mí.
—Feliz cumpleaños, tete —le digo antes de que el asunto se nos vaya de las manos.
—No te imaginas las veces que le agradezco a la vida que te pusiera en mi camino. No te lo imaginas, Arturo. Seguirte a aquel baño de Park Lane fue la mejor decisión de mi vida y que tú me miraras la polla fue la mejor decisión de tu vida.
Le empujo con cariño.
—No te miraba la polla.
(Sí que lo hacía. Un poco). Chris ríe con suavidad.
—Te quiero —me dice, e inclina la cabeza para besarme de nuevo.
Y yo… yo me doy cuenta poco después de que hacer el amor lentamente no está tan sobrevalorado.